Escribe para generar fricción.
Su trabajo parte del defecto, de lo provisional, de esa zona donde las certezas se agrietan y el lenguaje deja de ser cómodo. No busca moralejas ni redenciones rápidas. Busca fisuras: lugares donde todavía es posible pensar sin anestesia.
No hay intención de consolar. Hay una forma rara de compañía: permanecer frente a lo incómodo sin disfrazarlo de esperanza. Si algo aquí suena oscuro, no es por culto a la sombra, sino por desconfianza hacia las luces que encandilan.
La escritura opera como herramienta, no como ornamento. Cada texto insiste en lo que incomoda, no para provocar por reflejo, sino para devolverle al lector una experiencia menos domesticada de sí mismo. El humor —cuando aparece— no suaviza: afila.
No hay promesa de claridad. Hay insistencia.
No hay relato cerrado. Hay fragmentos que se niegan a encajar del todo.
Este proyecto no responde a tendencias ni algoritmos. Se sostiene en la independencia, en la edición autónoma, en la convicción de que la literatura todavía puede ser un espacio de fricción y pensamiento, incluso cuando incomoda más de lo que acompaña.
Quien llega buscando belleza fácil probablemente se irá.
Quien llega esperando respuestas también.
Pero quien llega con curiosidad —esa curiosidad dispersa pero viva— encontrará textos que no explican la vida,
pero la vuelven legible.
Aquí no se pide fe.
Se pide atención.
